Olor a jazmín

La primera vez que vi a Yoram fue en una guest house del casco antiguo de Varanasi, cerca de Dassaswamedh Ghat. La “Yogi Lodge” era un edificio con patio interior, algo así como las corralas madrileñas de Lavapiés. Las habitaciones del último piso daban a una terraza a cielo abierto. En una de esas habitaciones vivía Yoram Arnon. Digo vivía porque realmente vivía. No sólo por la intensidad con la que hacía todo, sino también porque ya llevaba cerca de un mes en aquella habitación de Varanasi.

Vuelvo a la primera imagen que tengo de él. Era por la mañana y, como de costumbre, hacía un calor de mil demonios. Yo, que empezaba a recuperarme de aquel horrible viaje de banglassi, salía de la habitación (la número 11) al mismo tiempo en que alguien lanzaba improperios dos pisos por encima del mío. Por lo visto, durante la noche, los macacos (en Varanasi abundan los monos salvajes) le habían robado no sé qué gaitas. Miré hacia arriba a través del patio interior. Vi a un tipo con el pelo largo y un pañuelo atado alrededor de la cabeza. No llevaba camiseta, sólo un “lungui”(la versión india para hombres del pareo). Me miró sonriendo y, levantando un palo que llevaba en la mano, dijo una sola palabra: “monkeys!”. Obviamente no fue su discurso lo que despertó mi interés repentino. Fue la manera que tuvo de mirarme.  Su – con quien compartía habitación y viaje – asomó la cabeza por la puerta y miró hacia arriba. Creo que aquel tipo también despertó su interés. Aunque desconozco la razón.

 

Una noche, Yoram nos dijo a Su y a mi que había un concierto de sitar en la otra parte de la ciudad, que si nos apetecía ir. No hubo que forzar nada. La ley de justicia universal se encargó de todo. A veces me da por pensar qué hubiera pasado si en vez de ir yo a aquel concierto hubiera ido Su. Nunca lo sabremos. Yoram y yo atravesamos la ciudad en un cliclo-rickshaw hacia el concierto prometido. Por el camino, otro de esos olores que anuncian un gran acontecimiento (sé reconocerlos), me alcanzaba de lleno. Jazmín. La noche entera olía a jazmín. Sitares y jazmín. Ganges y jazmín. Besos y jazmín.

Aquel viaje aromático marcó el inicio de una de las historias de amor más bonitas de toda mi vida. También el de una de la épocas más felices que soy capaz de recordar. Era el año 1993.

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