Papá

piedras

Hoy no celebramos. Hoy des-celebramos. Hoy hace seis meses que se fue. Hoy comparto este texto que escribió Marisa, mi hermana mayor, tras su muerte. Es el retrato de un auténtico aventurero. Hasta el final y mucho más allá. Te echamos de menos, papá.

Eres demasiado grande para meterte en esta hoja de papel, pero aun así algo de mí quiere escribirte. Describirte. Plasmarte.

Es el fracaso anunciado. No podré hacerlo.

Grande, grande, grande. Padre, papá, papi. Mi chiquitín, como te llamaba al final.

Tú, tan enorme, mi chiquitín.

Tu perra duerme sin entender qué pasa. O tal vez lo entiende mejor que nadie, y por eso duerme.

Tus hermanas piedras han viajado, del sur al norte, para acompañar el trocito de ti que aún nos queda. Para pensar qué hacer. Dónde descansar contigo. En su momento lo sabremos. Y allí irán, a donde tú vayas, hermanas piedras. También la última, la que yo te regalé, una llena de brillitos y espejos. Ese día ya no te levantaste de la silla, ese día miraste el mar por última vez, desde la barrera. Creo que ese día decidiste rendirte. Y acariciaste tu última hermana piedra.

Grande, grande, grande…

¿Qué hacen ahora tus peces? Los conocías a todos. Nadan contigo en tu mar. O también te echan de menos.

¿Y tus ríos? Los recorriste todos. Se han quedado solos de botas verdes y cestas de caña cargadas de truchas.

¿Y tus montañas? Las has subido todas. Cuando aún eran montañas y tú un Montañero de Aragón. Yo subí alguna a tu lado, te lo recordé mirando la foto en la cima del Aneto desde tu cama. Cuando los dos, sobre todo tú, ascendíamos la difícil última cima.

Los coches derrapan en el barro y la arena de los rallyes. Los barcos atraviesan en silencio el agua, las velas desplegadas y la quilla afilada, el timón firme en tu mano. Tu mano grande. Los aviones lejanos me hacen abrir el cajón, coger tu cartera negra y mirar tu licencia de piloto. Y sonreír. Objetivos, trípodes, focos, fotografías en blanco y negro como nadie las hizo nunca. Las mejores. Las tuyas.

Los corriste todos. Los navegaste todos. Pilotaste todos. Las revelaste todas.

Tan grande. ¿Hay alguien tan grande?

Papá.

Cientos de miles de puros habanos han formado filas para rendirte honores. Les has perdonado. Y no sólo eso. Les has regalado un sonoro “ha merecido la pena”. Se lo dijiste a los médicos incrédulos, pequeños y encorsetados: setenta años de puros y cuatro meses de postración. Con tus manos fuertes tan débiles, señalaste la cama a ambos lados de tu cuerpo: si pongo esto aquí, y esto otro aquí, dijiste…: Ha merecido la pena.

¡Bravo, papá! La palabrería científica se les quedó helada y ridícula. Y yo sonreí cómplice. A tu lado. ¡Bravo!

Qué digno. Qué invicto. Te has ido sin pelearte con la muerte. Me dijiste: no me viene bien, pero me iría igual de mal dentro de diez años. Y te admiré. Una vez más. Así que yo también hice un pacto con esa muerte y la dejé llevarte sin protestar. Creo que le caíste bien, a la jodida. Y ella no se portó mal contigo. No sé cómo lo hacías, papá, cómo lo haces, pero siempre caes bien. Hasta a la parca.

Es tan grande lo que eras, lo que eres, lo que has sembrado. Tanto… que ni mil muertes podrían quitarte el protagonismo.

Un día, como buen navegante, me enseñaste a distinguir la Estrella Polar, la Osa Mayor y la Osa Menor. Otro a conocer la pirita, el pedernal y las piedras rojas de Teruel. También supe algo de los alisios, el levante y el poniente; poco, lo suficiente para suponer las olas del día siguiente. Me hablaste de cañas y cebos, de ríos, de mares. De montaña, de nieve, de Pirineo y boj, de clavijas, botas y piolets. De motores y válvulas, eso ya en tu cama, al final. Siempre tenías algo que enseñar a quien quisiera aprender, porque lo sabías todo.

Tengo tu reloj, tu cachirulo, tu camisa de cuadros rojos, tu radio, la piedra agujereada que me regalaste y tu despertador por satélite, que tanto te fascinaba. Tengo tu olor, tu tacto, tu voz y tu miedo. Tu valor y tu silencio. Tu ausencia y mi pena.

Pero sobre todo, tengo tu última enseñanza. Tu mejor regalo: Esa dignidad tuya, esa elegancia en la despedida, ese saber irse. Tu mirada entregada y el silencio por toda queja.

Adiós, papá.

Hasta que yo también haga mi pacto y vuelva a tu lado, a perderme dentro de tu abrazo enorme, con olor a tabaco y a mar, a peces recién pescados, a hogueras y a montañas.

Grande. Grande. Grande.

Te quiero.

Texto: Marisa Rubio.

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