La ONU encubre y participa en un negocio de esclavitud sexual

No es ni la primera vez ni la última que la ONU encubre y participa en un negocio de esclavitud sexual

Madeleine Rees fue Jefa de la Unidad de Defensa de los Derechos de las Mujeres en la Oficina del Alto Comisionado para los Derechos Humanos de la ONU en Bosnia tras la guerra de los Balcanes.

Fue una de las mujeres que denunció una trama de esclavitud sexual en la que estuvo implicada la ONU.

La historia fue llevada a la gran pantalla por la canadiense Larysa Kondracki en “The Whistleblower”, un film protagonizado por Rachel Weisz, Mónica Bellucci y Vanessa Redgrave, que da vida al personaje de Madeleine Rees.

En España se estrenó por primera vez el pasado mes de mayo, dentro del IX Festival de Cine y Derechos Humanos de Barcelona.

La película recibió el premio “Amnistía Internacional”, que recogió Rees en nombre de la directora. Aprovechando su visita a Barcelona nos encontramos con ella.

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Texto: Nona Rubio
Foto: Roman Farrell

De entre todas las víctimas de violaciones de los principios básicos de los derechos humanos escogió defender a las mujeres. ¿Por qué?

Porque soy consciente de que la experiencia vital de las mujeres es muy diferente a la de los hombres. Su participación en la vida social, sus oportunidades y, en definitiva, su poder, no es el mismo. Desde muy joven comencé a colaborar con asociaciones de carácter humanitario en Latinoamérica. Allí, las diferencias de género eran más notables y, a menudo, se traducían en violencia manifiesta hacia las mujeres. Las leyes estaban hechas por y para los hombres y eran claramente discriminatorias. Para hacer justicia, había que modificar la ley. A raíz de aquella experiencia decidí cambiar de profesión. De la enseñanza pasé a la abogacía. Me licencié a los 38 años y me especialicé en casos de discriminación de género.

A menudo la justicia resulta ineficaz, absurda y anacrónica, ¿le compensó estar del lado de la ley?

Sin duda, aunque para hacer justicia, antes tuvimos que luchar por reformar la ley. A los 40 años ya dirigía mi propio bufete de abogados. Nuestro trabajo sentó precedentes legales en la Corte Europea de Justicia y en la Corte Europea de los Derechos Humanos, en casos en los que la ley era claramente imprecisa y, por tanto, discriminatoria. El caso más popular en este sentido fue el de un transexual que fue despedido de su trabajo tras una operación de cambio de sexo. El derecho a no ser discriminado por razón de sexo constituye uno de los derechos humanos fundamentales cuyo respeto debe garantizar el Tribunal de Justicia. Luchamos por ello y ganamos.

Por primera vez en la historia los derechos de una persona transexual fueron reconocidos por un Tribunal.

En ese año, la guerra de Bosnia daba sus últimos coletazos. Una vez más, usted fijo su atención en las mujeres víctimas de la violencia de género.

Estaban ocurriendo cosas terribles y la comunidad internacional no hacía nada para evitarlo. La violación era un arma más de la guerra. Mujeres y niñas sufrían abusos y violaciones en masa. No podía ser testigo de aquella atrocidad como mera espectadora. Tenía que actuar. Yo y muchos otros colegas de profesión decidimos tomar cartas en el asunto. Nuestra primera toma de contacto fue con el ICTY, el Tribunal Penal Internacional para la ex Yugoslavia, un cuerpo especial de la ONU para el enjuiciamiento de los presuntos responsables de las violaciones graves del derecho internacional humanitario cometidas en el territorio de la ex Yugoslavia desde 1991.

Después de aquello, en 1996,  pasé a colaborar de forma esporádica con WMA, Médica Mundial, una asociación cuyo objetivo prioritario es formular y promover las normas más elevadas posibles de conducta ética y atención médica especializada. Nuestro trabajo consistía en averiguar por qué las mujeres víctimas de violación no estaban testificando. Por qué la ley no las protegía. Por qué estaban tan aterrorizadas.

En noviembre de 1997 decidí establecerme en Bosnia. Fue entonces cuando comencé a trabajar para la Oficina del Alto Comisionado de la ONU, como experta en casos de discriminación y violencia de género.

Y aquí comienza la película. ¿Es fiel “The whistleblower” a los hechos reales?

La película narra con total exactitud lo que ocurrió con respecto al tráfico, venta y explotación sexual de mujeres. Está rigurosamente documentada y, contra todo pronóstico en estos casos, huye del sensacionalismo.

En cuanto al personaje de Kathryn Bolkovac, interpretado por Rachel Weisz, viene a sintetizar la labor de investigación de varias personas y entidades implicadas en la denuncia de los hechos. Bolkovac, una agente de policía de Nebraska, fue enviada a Bosnia como observadora de la ONU.

Lo que nadie podía imaginar era la meticulosidad con la que se dedicó a observar.

Su labor de investigación destapó un negocio de esclavitud sexual de mujeres, la mayoría procedentes de Rumania, Moldavia, Ucrania y Rusia, que eran introducidas ilegalmente en el país y obligadas a ejercer la prostitución bajo amenaza de muerte. Mujeres y niñas eran vendidas, compradas, recluidas en condiciones infrahumanas, encadenadas, golpeadas, torturadas y violadas sistemáticamente.

El dato más escalofriante que reveló la investigación de Bolkovac fue la identidad de las personas que se beneficiaban de los servicios de estas mujeres: personal y soldados de la ONU, policía internacional (IPTF, Internacional Police Tasks Force), tropas de la OTAN, diplomáticos destinados en Bosnia, policía local bosnia… Todos eran cómplices del horror.

Como era de esperar, el contrato de Kathryn Bolkovac como observadora de las Naciones Unidas fue rescindido tras hacer pública su investigación.

Es espeluznante. Los crímenes eran cometidos por las “fuerzas de la paz” destinadas a proteger a las víctimas de la posguerra.

El asunto iba todavía más lejos. Detrás de quienes abusaban de aquellas mujeres estaban los promotores y encubridores de esa red de tráfico, explotación y esclavitud de seres humanos. Uno de los cómplices resultó ser la propia ONU. Obviamente, no todas las personas que integraban la ONU estaban implicadas, pero sí un amplio sector. Curiosamente, todos los involucrados eran hombres. Para mí, lo peor fue ver que aquellos hombres que debían haber hecho algo no lo hicieron. Protegerse los unos a los otros formaba parte de su idiosincrasia.

El 99% de las organizaciones que tomaron parte en la denuncia de aquel terrible atentado contra los derechos humanos fueron organizaciones dirigidas por mujeres.

Tras el escándalo, la televisión francesa emitió un reportaje sobre los hechos. En él uno de los implicados de la IPTF (la policía internacional) declaró “es una reacción típica de mujeres histéricas”.

¿Cual fue su papel en todo este asunto?

Trabajamos para sentar las bases de un marco legal adecuado que protegiese a las damnificadas y no las responsabilizase, tal y como estaba sucediendo. Era de locos. Todo estaba orquestado para culpabilizar y juzgar a las propias víctimas. Aquellas mujeres eran acusadas de entrada ilegal en el país y de prostitución. En consecuencia, eran encarceladas y/o deportadas.

El mundo al revés. Defensores de la paz convertidos en verdugos, leyes que incriminan a las víctimas… Una vez más la ley no hacía justicia.

Afortunadamente, nuestra lucha dio sus frutos. Conseguimos doblegar la ley. Ahora las víctimas estaban a salvo, no tenían obligación de volver a hablar con la policía, tenían asistencia médica y podían elegir, libremente, entre volver a sus países de origen o conseguir un visado oficial y quedarse.

Debió de ser terrible. ¿Cómo tender la mano a un corazón tan devastado?

Las historias de aquellas mujeres eran devastadoras. Lo más importante, y lo más duro, fue aprender a escuchar. Fue así como conocimos sus miedos y sus necesidades más básicas. Nunca ejercimos control ni arbitraje sobre sus decisiones. Dejamos que fueran ellas quienes tomaran las riendas. Nosotros nos limitamos a apoyarlas y a actuar en base a sus demandas.

Un alertador, en inglés “whistleblower”, es alguien que llama la atención sobre un comportamiento no ético dentro de una organización. Esta persona, generalmente pertenece a esa misma organización, por lo que se ve obligada a afrontar represalias de manos del acusado. Además de Kathryn Bolkovac,  usted estaba dentro de la ONU extendiendo un dedo acusador a sus propios compañeros. ¿Qué consecuencias tuvo esto para usted?

Yo era persona non grata para un amplio sector de las Naciones Unidas. Trataron de apartarme, pero yo recurrí a la Alta Comisionada, Mary Robinson, ex presidenta de Irlanda y una excelente persona, defensora a ultranza de los derechos humanos. Ella intercedió por mí. Conseguí resistir un tiempo. Hasta que ella se fue y a mi me quitaron de en medio.

Es inconcebible que una organización como la ONU tenga un historial repleto de violaciones de los derechos humanos

No es ni la primera vez ni la última que la ONU participa en un negocio de esclavitud sexual, una de las violaciones más graves de derechos humanos.

En cualquier lugar del mundo donde hay soldados de la ONU hay casos de tráfico y explotación sexual de mujeres: Haití, Afganistán, Libia, Bahréin, República del Congo, Pakistán…

¿Hay salida?

La hay. Lo importante es abrir los ojos a la realidad por dolorosa que ésta sea. Sin información no hay libertad. Sin libertad no podemos actuar. Y hay que actuar. Es necesario que todos tomemos parte. Que denunciemos. Que exijamos a nuestros gobiernos que luchen contra la injusticia. Sólo de este modo encontraremos salida a la atrocidad humana.

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