Laura Grau

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Empresaria. Es propietaria y gerente de un hotel restaurante en San Juan del Sur, en Nicaragua. Allí dio a luz a su primera hija.

Empezamos a ver el lado oscuro de la cooperación: todo el dinero que se pierde en administración y burocracia.

Trabajaba en una editorial especializada en el sector turístico que cerró por falta de inversión publicitaria. En ese mismo mes su pareja se unió a las filas del paro. Con un panorama más que negro pensaron que si había que reinventarse, lo harían en un nuevo escenario. Lo que iba para aventura temporal se convirtió en un cambio de vida radical.

¿Dónde comenzó su periplo?
“En Los Ángeles, California. La idea inicial era estudiar inglés, reunir dinero y seguir viajando por Centroamérica. En mi último año en la editorial, había empezado a interesarme y a escribir sobre turismo sostenible y turismo responsable, enfocado a países en vías de desarrollo.”

Estados Unidos no se lo pone fácil a un hispano…
“En aquel momento, California estaba teniendo la tasa de desempleo más alta de los Estados Unidos. Conseguir un permiso de trabajo resultó imposible. Aguantamos 8 meses como pudimos hasta que decidimos retomar el leitmotiv de nuestro viaje: la cooperación, el desarrollo sostenible y el turismo responsable.”

¿Siguiente parada?
“San Juan del Sur, en Nicaragua. Allí habíamos contactado con una asociación de empresarios turísticos locales para trabajar como consultores a cambio de alojamiento y comida. También comenzamos a colaborar en un proyecto de reciclaje de plástico con Comunidad Connect, una ONG local. Pero aquello no daba para vivir y el presupuesto se acababa.”

A esas alturas del viaje, ¿seguían fieles al plan inicial?
“Empezamos a ver el lado oscuro de la cooperación: todo el dinero que se pierde en administración y burocracia. Cooperantes que viven en lujosas casas en Managua, conducen 4×4 y trabajan en despachos con aire acondicionado. Gran parte del dinero recaudado para construir escuelas, sistemas de potabilización de agua o sistemas de riego, se pierde por el camino. Eso nos desencantó bastante.”

¿Cambio de rumbo?
“En Febrero de 2010 se nos presentó la oportunidad de alquilar un local. Nos dimos un par de días para pensarlo. Teníamos dos opciones: o comprar billetes de vuelta a España, o invertir lo poco que teníamos en montar algo aquí. En Semana Santa, de ese mismo año, el Cafetín Jugoso abría sus puertas. Un año más tarde nos ofrecieron el traspaso del Hostal Esperanza. Una de nuestras premisas, para contribuir al desarrollo local, es contratar mano de obra nicaragüense”.

Y por el camino llegó su primera hija…
“Jana está creciendo en un entorno muy sano y abierto. En casa no tenemos ni tele, ni video, ni Play Station. Pasa mucho tiempo al aire libre jugando con otros niños. También tiene contacto con los clientes del hostal, gente de todo el mundo que le habla en su propio idioma, la mayoría en inglés. Yo le hablo en catalán y Pablo, mi pareja, en castellano.”

¿Qué ha aprendido durante este tiempo?
Que se puede dejar para mañana lo que no quieras hacer hoy. Y que no pasa nada mientras puedas comer al día siguiente. Sé que en España la gente lo está pasando mal porque ya no pueden consumir como antes. Nosotros vivimos en el país más pobre América del Sur después de Haití y somos felices. Quizás ir un poco para atrás no sea tan malo al fin y al cabo. Vivir con menos hace que seamos más creativos y más auténticos.”

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